III. EL SER HUMANO, MÁXIMA ENCARNACIÓN DE DIOS (cont)
10 Mayo 2008 a las 17:43 por Juan Luis Herrero del PozoEs realmente conmovedora la visión de la cercanía de un Dios que se manifiesta, que se hace carne visible en los seres del universo creado, en cada uno según su densidad, capacidad y autonomía. El impacto es ya desconcertante cuando se hace hombre/mujer: este misterio participa del de Dios y es insondable. La dignidad de todo ser humano es, en alguna medida, absoluta como meta de la evolución cósmica y máximo reflejo visible de la Plenitud del Creador.
[Ver el índice de NUEVO PARADIGMA con enlaces a los capítulos ya publicados]
III. 6. La persona, realidad relacional
Pero el ser humano es único sin ser el único porque es persona y la persona parece una quimera (si ya no una contradicción) fuera de una red de semejantes. El “yo” no es un ‘in se’ si no es un ‘ad alios’, diría cualquier filósofo personalista o, incluso, cualquier psicólogo. La profundidad de la persona es la relacionalidad, el ser esencial y antropológicamente relación a las demás personas. Si no es relacional no es persona; parecería incluso una ‘contradictio in términis’. Lo antropológico profundo se verifica en la observación psicológica e histórica como es el caso del “niño salvaje” de Hesse y de múltiples otros niños criados sólo entre animales y en los que ha resultado casi imposible hacerles alcanzar características humanas básicas. La psicología corriente observa también que la perturbación severa en un individuo de las relaciones interpersonales es el mejor camino de la pérdida de identidad, de la enajenación. Inversamente la buena socialización y el acierto en las relaciones con los semejantes fortalecen la propia personalidad.
No es éste un tema ajeno a lo religioso. Se podría decir que constituye el sustrato básico de la ‘regla de oro’ de todas las religiones que exige el mínimo de tratar a los demás como uno quisiera ser tratado y, en la tradición judeo-cristiana, el mandamiento del amor. Y más que un mandamiento es la única realidad en la que se compulsa el amor de Dios y se verifica la autenticidad de la fe (Mateo 25). La fe cristiana - y cualquier fe real- es indisociable de la solidaridad y del amor fraterno. Somos hermanos porque tenemos un Padre-Madre común.
El ser persona es así, a mi entender, un caso concreto de lo Uno referido necesariamente a lo Múltiple. La dialéctica de lo Uno y lo Múltiple parece afectar al ser en su totalidad. Se da en Dios -y no pienso en su interioridad (¿Trinidad?)- sino en general: Dios no ha existido sin el cosmos (ni éste, por tanto, comenzó en el tiempo), sino que ambos serían coeternos, uno como contingente, el Otro como Bondad inexorablemente difusora de bien (”Bonum est diffusivum sui”).
Demos un paso más en el que retomamos el valor icónico del ser humano en cuanto reflejo de la trascendencia de Dios.
La realidad dialéctica de la persona es tensión entre el “en sí” (in se) y el “hacia los otros” (ad alios), entre la ‘inseidad’ y la ‘alteridad’. Históricamente su conciliación no innata o espontánea, sino fruto de la ‘vis’ evolutiva hacia la plenitud que puede quedar fallida. Y, así, la plenitud no puede ser alcanzada en la unión con el Uno más que en la apertura a la alteridad, a lo Múltiple. Sin la alteridad, el yo quedaría definitivamente enclaustrado en un solipsismo frío, estéril, infernal.
Una realidad tan universal como el enamoramiento parece denotar desmesura e irracionalidad. Quien lo experimenta vive algo parecido al éxtasis. Nada como él transporta más allá de sí mismo, ni con tal fervor. En cambio, el observador desde fuera tendería a sonreír si él no hubiera sido en algún momento actor. Desde fuera no se percibe proporción entre el ‘peso específico’ de la persona amada (sus cualidades y valores reales) y la entrega desbordante del enamorado ¿Es irracional el enamoramiento? En alguna medida cabría pensar en una trampa de la naturaleza. Sin la fuerza de atracción del instinto que parece magnificar exageradamente su objeto ¿quién se embarcaría en la que, según la experiencia, parece ser la aventura más arriesgada de la vida, ámbito de grandes gozos pero también de crueles dramas. Más que trampa, en nuestra parte animal, es garantía de supervivencia. Y contra ello nada pueden los fracasos ajenos o, tal vez, propias. Pero hay algo más. El enamoramiento vehicula el instinto de la especie, pero además, y sobre todo, aunque sólo la fina reflexión profunda lo descubra, el enamoramiento como apuesta tan riesgosa y desmedida, transparenta la atracción del Trascendente que interpela y atrae des ‘el otro’ siempre misterioso.
III. 7. El Y0 se trasciende en el OTRO (el alter ego)
Es evidente que la espiritualidad, realidad profundamente humana, no es privativa del creyente. Cualquier persona no sumida en la ‘distracción existencial’ se siente íntimamente invitada a abordar las cosas en su hondura. El creyente llamará Dios a esa hondura. El no creyente no lo hará obviamente aunque experimente no menos hondura. Ambos convergen sustancialmente en la misma vivencia si ésta les lleva a apostar sin miramiento por la orientación de vida honesta y comprometida que la inmensa seriedad de las cosas le señala.
Pues bien, entre todas las realidades, la que resulta constituir el test principal de la autenticidad de nuestra biografía, y, por tanto, también de nuestra fe, es la persona, ‘el otro’ a quien reconocemos y aceptamos como ‘otro yo’, por quien llegado el caso expondríamos la vida. Ahí se juega la humanidad su historia.
De una u otra manera todas las culturas reconocen que si no nos abrimos a los demás, sucumbimos. El testimonio de Jesús, sin duda alguna, ve en tal hecho la verdadera Trascendencia. Parece que se trata de un dato antropológico universal y, por ello, con fundamento en la realidad humana ¿En qué medida?
En mi opinión el enamoramiento nos pone en la pista. Aquel impulso emocional tan potente que he llamado trampa del instinto porque desborda toda medida en que una persona puede objetiva y racionalmente ser ‘amable’ (merecedora de amor), sin duda responde a la sabiduría de la naturaleza en la conservación de la especie. Sin embargo, opino que no es todo: en ‘el otro’ nos hace un guiño el Absoluto. Si no lo acogiéramos -no conceptual sino vitalmente- seríamos incapaces de trascender nuestro potentísimo Yo y no nos hallaríamos lejos de la soledad existencial que esteriliza el ser.
III. 8. El otro”, encarnación icónica de Dios.
Que nadie, salvo el psicótico grave, es tan narcisista como para vivir un egocentramiento total, un solipsismo radical, parecería un dato de experiencia, salvo mejor criterio profesional. Sería el suicidio como persona. El propio egoísmo lleva instintivamente a conectar con los demás. Pero este mismo instinto, salvaguarda del yo, es tal porque traduce la realidad honda del ser. El instinto indica que el individuo racional no puede autorrealizarse en el solipsismo y parece alcanzar en el otro, antropológicamente hablando, la llamada de un absoluto complementario sin el cual el propio absoluto se diluye ¿Complementario? ¿Por qué si la propia dignidad, como hemos visto, nos impide fungir como parte de un todo ajeno?
Tal complementariedad, pr tanto, aunque es indudable, no es la explicación final. Hay algo más. Tal complementariedad no daría cuenta de la superación del egocentrismo que bien podría ampliarse a un egoísmo ampliado como puede darse en una pareja. La inserción del egocentrismo, sin su supresión, en el amor, que es experiencia integrada de la alteridad, responde a algo más que a una necesidad de complemento del ser indigente. Aunque estamos tratando una realidad sutil, entiendo que en ‘el otro’ no resuena simplemente una absolutez tan limitada y precaria como la nuestra propia sino que, obscuramente, en ‘el otro’ se halla agazapada la llamada del ‘Otro’. La alteridad (alter=otro) practicada es necesaria en una primera instancia vital de salud, superadora del solipsismo suicida, pero sería una salud engañosa si permaneciera incurvada en el círculo cerrado de un solipsismo ampliado. No sólo soy consciente de que el tema es sutil, sino de que no manejo ni ofrezco propiamente un argumento de evidencia, sino un suplemento de sentido al ser humano. Al igual que no existe evidencia al apostar por el Absoluto divino en la fundamentación y sentido último del ser, no la puede haber aquí como si nos hubiera salido al encuentro otra vía de toparnos con Dios. Nos movemos simplemente -y no es poco para la exigencia humana de racionalidad- en el ámbito de la congruencia: la apertura al prójimo, más allá de un egoísmo ampliado, se esclarece si, en todo amor auténtico, late el Amor de quien es el Bien “diffusivum sui”, el Bien generador de amor. En una palabra, la persona es la imagen sagrada, el icono en el que se desvela y nos topamos con Dios.
Sin este amor humano pasaríamos una eternidad proclamando “¡Señor, Señor…! sin que, como denuncia el texto evangélico, no poseeríamos por ello ápice de fe. Para Tomás de Aquino, como filósofo, en cualquier acción buena como tal, se encerraba, estaba implicada una opción por lo Absoluto del Bien. Idéntica reflexión -y ‘a fortiori’- vale para la acción humana amorosa.. De la mano de Blondel, Maritain y muchos otros merecería la pena descubrir cómo existe mayor densidad de afirmación vital (en oposición a la afirmación conceptual) y, por ende, de fe auténtica en la acción que en el concepto. Es la razón última de la primacía de la ortopráxis sobre la ortodoxia.(ampliar en Religión sin magia pgs.226-231)
(continuará en IV Dios se encarna en Jesús de Nazaret y V Resurrección -natural- Plenificante) Logroño 17 abril 08


16 Mayo 2008 a las 13:14
En la entrada donde se inició el tema que centra este Taller, respondí con mi opinión al comentario de Joxema del 11 de mayo y que lo finaliza así: ¿Aporto aclaración o confusión? Allí se quedó, pero ahora aquí, en el taller, seguiré con mis reflexiones.
Esta supuesta voluntad de la que nos habla y que se enfrenta ante el dilema de amar u odiar, no deja de ser bajo mi punto de vista una voluntad de facultad, es decir, se inscribe en el orden de las potencias. Claro, viéndolo así permite decir que el amor y el odio son meros desarrollos de simpatía o antipatía. Pero mi manera de ver la cuestión va en otro sentido. La voluntad personal de amar, por ejemplo, no es un “acto” de una potencia sino la actualidad del amor.
Precisamente porque la realidad del amor es previa, puede haber simpatía por el amor o por el odio. Y también -por esa misma razón- se puede producir, ahora sí, el acto de darse cuenta de lo que es el Amor en la realidad.
Entenderlo así creo que es fundamental para comprender en la filosofía contemporánea el dar de sí de la realidad.
13 Mayo 2008 a las 23:08
Pensando más con el corazón que con la mente en las palabras o lecciones del autor,
siento que la creencia en DIOS debe nacer ya en el universo con la inteligencia de sus leyes aplicadas a la materia cósmica. En tanto y cuanto, el universo pensante, también puede creerse Dios (por su perfección); como el Hombre -a pesar de su imperfección de visión y onda de pensamiento-
en toda su larga -aunque corta-, historia,
ha pretendido serlo .
“Soy pués”.. -entiendo- si aprendo a razonar bien.
(O sea aplicando la matemática universal y la medida del equilibrio y las distancias, en las dimensiones sucesivas de comprensión y vida
-(nuevos PARADIGMAS tal vez)-
como aquellos viejos filósofos griegos de la antiüedad- seguramente puedo “intuir” .
Y es llegado a este punto cuando -tal vez-,
sí puedo ser.. “encarnación de Dios”; o estar en el camino para poder llegar a serlo.
Mi saludo más cordial
Fina Blàzquez
13 Mayo 2008 a las 21:50
Amigo Juan Luis: Gracias por tu trabajo, por la gratuidad de tu servicio, por la paciencia y el empeño, por tu compromiso, por la desnudez confiada que nos ofreces…
Siendo un racionalista (no es una ofensa, es un reconocimiento), nos ofrece unas bellísimas imágenes franciscanas que me recuerdan aquello de Emaús: “¿no ardían nuestros corazones al oír su palabra?
Ahora, mis sugerencias:
¿Podrías profundizar en la importancia y complementariedad de la inteligencia emocional en la función de nuestra razón como dimensión enriquecedora para la búsqueda de Dios y como reflejo de “esa criatura a imagen de Dios/Diosa/Madre/Padre”?
¿En la Encarnación en toda la naturaleza, en el ser humano, no asume totalmente nuestras contradicciones y por ende nuestro “cejo” y “tendencia” a la mitificación, a confundir “el dedo con la luna”? Sí es así, ¿no crees que también es desde ahí, sin negar esto, desde donde también podemos llegar a Dios y eso nos indicaría que, no aceptando y conformándonos, no podemos relegar, ni marginar aquellas expresiones “casi idolátricas” que están esperando “la ayuda para llegar a la piscina” y reconocer al verdadero Dios-Padre? No es que defienda cualquier cosa, que todo vale, pero sí defiendo que somos lo que somos, sin más, pero nada menos.
Nada más. Otra vez, gracias, quedando a la espera de tus nuevas aportaciones y gracias a ATRIO que nos regala este recurso.
Nota: Recomiendo, para seguir en esta profundización objetiva, la lectura de Experiencia cristiana y psicoanálisis, de Carlos Domínguez, editorial Salterrae.
Paco Barco, Sevilla
13 de mayo 2008
13 Mayo 2008 a las 1:48
Maite:
El sujeto humano de ser (in se o ad alios) es la persona (el yo o el tú) Esto no es metafísica sino gramática, estructura del lenguaje que vehiculiza todas las experiencias humanas a la consciencia.
Esas experiencias constituyen la historia de la persona y tienen también como sujeto a la persona sin identificarse con ella. Con el verbo ser en la frase se hacen predicados que entran en la constitución progresiva de la misma; con los verbos transitivos o intransitivos constituyen una referencia a la persona. La relación personal sólo puede darse entre personas, entre yo y tú en reciprocidad. La filosofía objetiva la persona y consiguientemente la diluye, ya que las personas, sin ser esencias conceptuables son sujetos de su propia vida en toda su complejidad. De ahí que la vivencia de la relación personal requiere la primacía de la voluntad (respeto y amor) sobre la inteligencia y, con más razón, sobre la misma sensibilidad.
12 Mayo 2008 a las 17:34
“el ser humano es único sin ser el único porque es persona y la persona parece una quimera (si ya no una contradicción) fuera de una red de semejantes. El “yo” no es un ‘in se’ si no es un ‘ad alios’”, empieza diciendo Juan Luis.
“…máximo escalón de la evolución cósmica. ¿Y porqué decimos que es el máximo escalón? Precisamente por lo que dice Juan Luis en su artículo, que no pretende –según mi lectura- dejar definido (limitado) el concepto de persona sino mostrar, a partir de algunos de sus datos fundamentales, la plausibilidad de su afirmación: que “la persona es la imagen sagrada, el icono en el que se desvela y nos topamos con Dios”,
comenta Mariano.
Si ponemos en relación estos dos párrafos, de Juan Luis y Mariano, parece que intentan decir lo
mismo sobre un tema que corre el riesgo de quedarse en lo especulativo, cuando se entiende bien que se trata de fundamentar que el ser humano, que es un siendo, un hacerse con los otros, es también imagen del ser Dios. Y como mejor podemos ver a Dios es en el ser humano y, como de segundo grado, en el resto de la creación.
Me viene a la mente aquél texto tan bello de Agustín en que va preguntando a las cosas si son Dios, y ellas van respondiendo: No somos Dios, es El quien nos ha hecho…
Me lo recuerda también el ejemplo de la madera de ébano que pone J. Luis: de nada vale la madera de ébano para aquél que no sepa valorarla. Para el artista, en cambio, es un objeto valioso en sí.
12 Mayo 2008 a las 17:03
MARIANO, un cordial saludo.
Insisto en que “persona” es uno de tantos constructos que hemos elaborado. En la realidad existe esta mujer de nombre Julia, este niño al que llamamos Juan…
Nada hay inscrito en la supuesta ‘naturaleza’ humana, no existe un derecho natural… En nuestra evolución cultural con progresos y regresos, hemos ido sensibilizándonos hacia los valores, principios, bienes… en todos los órdenes, de modo que hemos otorgado a o reconocido
en los seres humanos unas cualidades, unos derechos… por los que declaramos a ‘todos’ los seres humanos (al principio no se les reconoció a todos)dignos de respeto, de modo inviolable. Al margen de su comportamiento, como bien dices, reconocemos en todo ser humano (aun con carencias y limitaciones físicas y psíquicas) un valor absoluto, la consideración de fin, no de medio.
Esto es fruto de la civilización, no consta en nuestro pedigrí, ni lo hemos merecido propiamente, se nos ha sido DADO, reconocido, bastante tardíamente, por cierto, y en algunos países y en algunas instituciones ni siquiera se han dado por enterados.
Por lo tanto, eso de que nos hacemos desde lo que
ya ’somos’, a no ser que te refieras a ‘lo que potencialmente somos’, me suena a una esencia inexistente. Creo que convendría más decir que se nos reconoce la categoría de ‘persona’, somos seres humanos, al margen de que nos comportemos o no como tales y estemos afectados por cualquier anomalía.
Si fuéramos capaces de rebasar no sólo el dualismo, sino cualquier reduccionismo, para adoptar una perspectiva más holística, entonces abarcaríamos más planos de lo que llamamos persona. Mientras tanto, necesitamos sumar la perspectiva del hombre de la calle, la del antropólogo, la del jurista, la del teólogo, la del artista… Aún así, resuena la pregunta bíblica “Qué es el ser humano, para que de él te acuerdes…” y el desparpajo del místico que se siente capaz de seducir y de ser amado por Dios.
12 Mayo 2008 a las 10:24
Mariano, al interior de los parámetros que apuntas me muevo yo también. Existe en todo hijo de mujer un sustrato de realidad a imágen de Dios que le confiere la dignidad de imágen suya y la finaliza en última instancia sólo en Él. Sobre ese sustrato se va construyendo la persona. Una modesta comparación: un tronco de ébano es una pieza de madera preciosa en sí misma pero todavía no se perfila (define)la talla que creará el artista.¿Que tratamiento y consideración deberá recibir el ser humano en esas diferentes etapas de su evolución? De entrada el máximo respeto por u ser, cúspide de una portentosa evolución cósmica “finalizada” (teleonomía) por el mismo Espíritu y a plenificarse en Él.
Creo que la distinción inadecuada entre “ser humano” u “persona” ayuda a mantener la dialéctica que impide sacar conclusiones simplistas y reductoras. Aunque el misterio del ‘icono’ de Dios sigue guardando celosamente su secretoque sólo se revelará en el “cara a cara” plenificante.
12 Mayo 2008 a las 1:35
¡Qué tema! A mi entender, no puede afirmarse sólo que la persona “es” ni solamente que la persona “se hace”, porque ambas cosas son verdad. La persona “se hace” (proceso de personificación) desde lo que ya “es”.
En las teorías dualistas, esto es mucho más fácil de explicar, pues todos, incluyendo a lo embriones y a los discapacitados profundos poseen un “alma” a la que su “cuerpo”, en estos casos, no les permite ejercitar sus potencias. Y así se salva el problema.
Cuando se quiere abandonar el dualismo –por sus tantos límites- y se pone toda la carga sobre lo funcional –uso de la inteligencia, relacionamiento, libertad…- , aquí es cuando el caldo se pone espeso. Si la persona se construye en el ad alios, qué pasa con los autistas profundos por ejemplo, ¿no son personas?
Me parece que habría que distinguir entre “ser humano”, realidad cuya aprehensión conceptual no parece tener muchas más notas –que ya son suficientes- que la de “nacido de seres humanos” y esto desde su concepción, y otra es la “persona” entendida, valga la redundancia, como proceso de personalización.
Lo que me parece importante destacar, es que la dignidad fundamental viene del hecho de ser “ser humano” y no de los comportamientos o incomportamientos, tantas veces deleznables e ‘inhumanos’, como los del austriaco que mencionaba Maite. Ni tampoco, obviamente, se mengua esa dignidad por la ausencia de comportamientos personalizantes en seres humanos gravemente discapacitados o criados en la soledad de la selva. ¿De dónde le adviene al ser humano tal dignidad? No es un logro individual, es un don, un regalo que recibe al ser concebido nada más -¡y nada menos!- que en el seno de la familia humana, máximo escalón de la evolución cósmica. ¿Y porqué decimos que es el máximo escalón? Precisamente por lo que dice Juan Luis en su artículo, que no pretende –según mi lectura- dejar definido (limitado) el concepto de persona sino mostrar, a partir de algunos de sus datos fundamentales, la plausibilidad de su afirmación: que “la persona es la imagen sagrada, el icono en el que se desvela y nos topamos con Dios”.
Esta misma intuición, seguramente, es la que tuvieron los redactores del Génesis y que explicaron míticamente con aquello de “creado a su imagen y semejanza”.
12 Mayo 2008 a las 1:13
De las diversas corrientes filosóficas que en los dos últimos siglos han estudiado a la persona, me quedaría con las que resultan menos metafísicas y abstractas.
Así, diríamos que la persona no nace, sino que se hace. Se hace en interacción con el entorno y ejercitando su libertad, para constituirse autónomamente, a lo largo de nuestra biografía. Si metafísicamente somos unos seres de carencias, inconclusos, insatisfechos, capaces de llegar a ser lo que, en parte, hayamos proyectado ser…, es un hecho que, al nacer, somos los seres más desvalidos y necesitados, dependemos en todo de los demás; sólo por analogía diríamos -de un recién nacido humano- que es persona.
Conceptos como el de persona, personalidad… son constructos. Lo que tenemos en la realidad es lo que Unamuno llamaba los seres humanos “de carne y hueso”, es decir, los que nacen, crecen, sufren, mueren, “sobre todo mueren…”, los seres humanos concretos, sujetos de derechos y deberes, seres ABIERTOS a la realidad (a la realidad de las cosas, de los otros, del mundo, a la realidad fundante…) por todos nuestros poros o dimensiones.
Racionalmente, somos capaces de entender no sólo lo situado espaciotemporalmente, sino también lo que rebasa dicha situación. Por nuestra dimensión afectiva y posibilidad de libertad, somos capaces de deseos y querencias que en lugar de clausurarnos en el yo y en el medio, como ocurre al resto de los animales, nos permite abrirnos indefinidamente a lo que no es yo. En todas nuestras dimensiones estamos hechos para “trascendernos”, ir más allá, aspirar a más… Podemos decir No y Sí a nuestras tendencias, de ahí que lo que hagamos puede ser calificado de bueno o malo éticamente. Podemos atender la llama que aún humea, y descubrir eso que llamamos espiritualidad y que Juan Luis dice sinónimo de profundidad, donde nos lleve…
En su día, en “El hombre y la gente” de Ortega y Gasset encontré la mejor descripción de lo que constituye la persona. Contrapone el “en-si-mismamiento” con la “alteridad”, la necesidad de sumergirnos en nuestra subjetividad y la necesidad de comunicarnos e interrelacionarnos, hasta construir la sociedad… Sabemos que Ortega
no fue creyente, pero logró como pocos explicar la trascendencia de la persona.
Si el ser humano es relación, apertura, cuánto más lo sérá Dios, y sin embargo no le conviene el constructo “persona”, como hizo la teología tradicional.
12 Mayo 2008 a las 0:12
Conceptualizando: ser persona es ser sujeto responsable de sus actos; por la inteligencia conoce las cosas, por la voluntad las acepta o las rechaza (ética). Pero en el encuentro personal se supera la cosificación porque la voluntad enfrenta el dilema de amar u odiar. Amor y odios son mero desarrollo de simpatía o antipatía. Es aquí donde prevalece la voluntad sobre la inteligencia, que no puede ofrecerle más que (filosóficamente) pautas éticas y la relación personal, de evidente existencia y no así esencia conceptuable, es metaética. Lo cual implica el cambio de polaridad en el sujeto, según se trate de cosas o de personas. Las cosas son conceptuables, las personas no, Las personas incluyen relaciones, objetivas con las cosas y subjetivas con las personas. Pero no “son“ realidades relacionales sino entidades libres y responsables.
Aporto aclaración o confusión?
11 Mayo 2008 a las 20:08
(prosigo)
…sólo en ese encuentro con Dios la persona DECIDE, mejor dicho DEFINE lo que LIBREMENTE QUIERE SER. Sólo entonces se da estrictamente, a mi entender y de momennto, LA persona, TAL persona, con lo cual no niego que antes haya persona. Todo el resto del proceso anterior es tan enigmático, tan contradictorio, tan dialéctico y me produce tal respeto que caigo de rodillas ante cualquiera y guardo silencio. Sólo me he atrevido a balbucear algo sobre ese misterio de interrelacionalidad en el que se va construyendo la persona. Y lo hago como una pobre aproximación intelectual a lo que descubrí en el pensamiento personalista. Porque en la vida real, ese RESPÈTO al misterio de una persona es el que, en mi vida concreta, me lleva a sentirme tan dolorosamente VIOLADOR de alguien cuando le hiero. Cosa que tan a menudo me ocurre y me humilla profundamente ante mí mismo. Ésa es mi cruz.
11 Mayo 2008 a las 19:44
Creo, Antonio, que te has montado a mi costa una elucubración a la que no creo haberme prestado. Al relativizar -sólo relativizar- el ser persona del embrión (tema en el que pòr ahora me atengo al parecer de Hans Küng y creo también que de Masià) he afirmado únicamente “algo a tener en cuenta al hablar del aborto”. Únicamente eso, nada más que eso, exclusivamente eso, sin sacar de ahí ni una sola de las conclusiones que tú sacas. De lo que es ser persona dudo mucho más de lo que afirmo lo que afirmo porque para mí el ser persona es un devenir tan misterioso que sólo en la mismísima presencia definitiva y clara de Dios la persona DECIDE, más aún DEFINE lo que realmente
11 Mayo 2008 a las 17:57
A estas alturas de la vida, me he cansado de pensar y de explicar el tema de la Persona. Los media me recuerdan a diario que una cosa es la teoría y otra la praxis.
Quién no tiene en mente estos días a individuos como el padre incestuoso y pedófilo… austríaco,
al individuo que en nuestro país violó a su madre octogenaria enferma, a la treintena de policías municipales corruptos de Coslada (Madrid), al empresario reiterativamente pedófilo de Puebla (México)encubierto por el gobernador; a quienes interceptan ayuda humanitaria en Birmania, etc..
Tantos seres humanos desmienten con su comportamiento que la persona tenga, de facto, dignidad, valor absoluto, que su amoralidad, su antisociabilidad, su inhumanidad… los coloca como monstruos en el zoo humano donde no todo es razón ni consciencia…
Cierto que todos estamos dotados de inteligencia pero no todos la usamos bien (Descartes). Todos estamos equipados para tender alo más amplio, pero la mezquindad es también un potencial humano libremente elegido… ¿Todo el paquete formará parte del misterio?
Y sin embargo, aunque nos toque convivir con estos monstruos, la responsabilidad colectiva de mejorar lo que hay, nos lleva a agradecer a Kant
su formulación moderna de la persona: las cosas y los seres irracionales tienen valor relativo, como medios. Los seres racionales, personas, tienen o son fines en sí mismas, no pueden usarse como medios, de ahí el imperativo de respeto mutuo. Ni nos subordinamos a las cosas ni a las personas, ni tenemos precio, sólo valor, y valor absoluto.
Este sería el fundamento de la ética, que coincidiría con el fundamento de la religión: la regla de oro.
Todo ser humano debe ser tratado humanamente, por su dignidad inviolable e inalienable. Naturalmente estaríamos obligados a comportarnos como seres humanos y no inhumanos, a hacer el bien y no el mal, a trascendernos en el otro…
Desgraciadamente, este deber-ser no coincide con el ser. Y las normas de acción que se derivarían
de aquel fundamento, ya sea desde nuestra condición de seres éticos y/o desde nuestra condición de creyentes en cualquier tradición religiosa, como podrían ser la no-violencia (o como queramos llamarla, compasión, amor, respeto, solidaridad…), el reconocimiento de la igualdad de derechos, el cuidado de la Naturaleza.., se quedan en puro desideratum y utopía.
En esta nueva entrega de Juan Luis veo, como en las anteriores, entre otras cosas, un intento de presentar la realidad como dinámica y dialéctica. Eso excluye todos los dualismos que han vuelto a aparecer en varias intervenciones.
Si la persona es un misterio, cuánto sobran afirmaciones categóricas, rotundas, cerradas.
Qué miedo me dan los quetienen todo claro…
11 Mayo 2008 a las 17:51
La profunda y valiosa reflexión que está haciendo Juan Luis para explicar y fundamentar su nuevo paradigma le ha llevado a presentar una interesante antropología centrada en lo que es la persona como realidad relacional. Pero me ha extrañado que su insistencia en rechazar cualquier concepción “esencialista” le lleve aplicaciones que hace que pueden plantear muchas preguntas, que tal vez se salen del tema en sí, pero que deben tenerse en cuenta.
Si no puede considerarse el embrión (dos primeros meses desde la fecundación, supongo) como persona por su incapacidad de “interrelacionarse”, ¿tampoco un feto de cinco meses ni un deficiente cerebral profundo ni uno que ha vivido entre animales se ha “interrelacionado” suficientemente como para ser persona? Yo he creído siempre que mientras mis hijos desarrollaban su sistema nervioso en el vientre de su madre tenían ya un “espíritu” que les dirigía el proceso y se relacionaban realmente con quienes les amábamos tanto, de una forma presensorial muy misteriosa pero muy real. Dos de ellos viven y hemos tenido todos que hacer el aprendizaje de interrelacionarnos por los sentidos primero y por el lenguaje en un proceso personalizador que no acabará nunca ni en ellos ni en sus padres. Pero otra se fue a los cinco meses de su fecundación y te aseguro que ya era (y de alguna forma es) persona para nosotros, con nombre propio y todo.
No niego lo que dices, Juan Luis. Pero yo dudo más que afirmo en este tipo de cosas. Y cuando afirmo digo “para mí”, pues de estas cuestiones no hay evidencias convincentes.
10 Mayo 2008 a las 23:36
Impresiones de una rápida lectura.
Buscar la conceptualización de persona lleva a divagar en círculo sin salida. Maduramos como personas en un proceso vital en que la voluntad, con su capacidad de amar, toma el mando sobre la comprensión de la inteligencia y va penetrando sin llegar en el misterio; ese es el mundo de la mística que no tiene otra expresión válida más que la poética
Sobre la vivencia de persona, el librito «Yo-Tú» de Martín Buber es una joya que Emmanuel Levinas desarrolla ampliamente.