II. DIOS SE HACE CARNE EN LA “CREACIÓN” (2ª parte)
28 Marzo 2008 a las 23:07 por Juan Luis Herrero del PozoII. 6 Dios, Principio y Fundamento, de toda la “creación”
Voy a pedir comprensión por la aridez de este párrafo. Es la base de todo. Todo pensamiento religioso se fundamenta bien o mal en la idea que podamos hacernos con el mayor rigor posible de la forma de entender la interrelación Dios/cosmos. Aquí se origina sea un discurso válido aunque modesto, sea una visión de pensamiento mágico. Un error en el comienzo condiciona todo el camino.
Estamos sólo en las bases del apofatismo: lo que la experiencia mística tiene tan claro por experimentarlo interiormente, la parálisis de todo lenguaje sobre Dios, la filosofía se ha empeñado siempre en perfilar algunos contornos. Pero nada válido puede decir de él; tan sólo tiene a su alcance el ámbito de su entorno y puede escudriñar las criaturas y utilizarlas como un cliché en negativo, como un pobre balbuceo sobre el ser divino. Sin embargo, en todas las religiones y particularmente las cristianas hemos imaginado un Dios como una figura más de las mitologías, aunque la más excelsa y la más cercana, que ha culminado la obra de su creación haciéndose él mismo hombre. Pero no pasemos por alto el primer episodio de su historia: la creación del mundo.
Si Dios es el artífice, el creador desde la nada del inmenso cosmos que nos rodea, después de semejante proeza ¿qué no podrá hacer sobre él? ¿Quién podrá extrañarse de que intervenga cuando libremente quiera? Ha quedado apuntado en el párrafo anterior: sin advertirlo, con la incorporación de la noción de Dios-Causa agente ha quedado abierta inevitablemente la caja de Pandora y, con ello, el inicio de una mitología más dentro de la cual el error inicial acarrea toda suerte de contradicciones. Baste señalar como exponente de la libertad divina la odiosa y arbitraria “elección” que constituye uno de los conceptos básicos de la Biblia judeo-cristiana. Dios elige a alguien y discrimina al resto. Y será inútil el recurso a la infinita presciencia divina o la responsabilidad del elegido a favor de todos para evitarle a Dios la sospecha de arbitrariedad. El accionar divino se embarra en dificultades sin cuento: ‘Concurso’ divino en cualquier acción libre (considerado en teodicea), providencia ordenadora de la historia personal y colectiva, “gracia actual” eficaz, predestinación… Dios “interviene” sin cesar: es el pecado original de la historia de salvación, el pecado estructural de la teología que acumula antropomorfismos de imposible inteligibilidad: un Dios que pasa del no hacer al hacer, de la potencia al acto, del ámbito de la nada a la existencia del mundo, de la existencia del mundo a su mutación sobrenatural…; magia y mitología se combinan sin saber dónde detenerse. Me parece claro que no podemos desbordar un ápice el concepto de Dios como Fundamento. Con el concepto de Fundamento Óntico llegamos a la raíz del ser eludiendo con el adjetivo al máximo el menor residuo metafórico del sustantivo.
La noción de Principio y Fundamento del ser creado la hemos asociado tradicionalmente al concepto de creación de la siguiente manera. Dios ha hecho el mundo. Y obviamente ello sucedió en el tiempo, de algún modo, cuando nada existía. Nos es difícil pensar fuera del patrón tiempo y así explicaremos: hubo una situación en la que sólo Dios existía y nada más (creación de la nada, decimos); ahora bien Dios abandona su soledad para construir el mundo. Por inofensivo que parezca, al añadir a Dios- Fundamento esta forma especial de acción (la de crear) ya se ha colado de rondón la carcoma de la magia que arguye así: donde y cuando nada existe todavía, un simple chasquido de la mano de Dios (valga la imagen) hace aparecer portentosamente el cosmos, sea ya completo, sea in nuce (big bang). Sin advertirlo hemos traicionado la sobriedad primera del concepto Dios-Fundamento y se nos ha ‘colado’ el concepto de Dios-Actor, Dios-Causa agente: Dios ha hecho el cosmos de la nada. En primera instancia el paso dado parece inocente y, en parte lo es porque aún no se puede hablar de autonomía creatural de la que Dios se desdiría. La dificultad no afecta a la autonomía de la criatura sino a Dios mismo al que parece difícil negarle una mutación en su “obrar”. No obstante todo ha quedado pervertido como se verá luego al estudiar de cerca el “accionar” de Dios. ¿Cómo recuperar, pues, en su totalidad la inocente desnudez del contenido estrictamente ontológico del Dios Principio y Fundamento? Porque, no me cansaré de repetirlo, con este simple concepto nos jugamos mucho si aportamos o no una explicación suficiente a la ultimidad de sentido que precisa cualquier ser existente, el cosmos, la evolución histórica toda, la realización y búsqueda de plenitud del ser humano. Es un concepto estrictamente apofático que apunta directamente a la criatura y sólo indirectamente a Dios: Dios fundamento óntico afirma escuetamente: todo existente es un ser-desde-Dios. Parece poco pero es el todo. Cualquier añadido desemboca en magia y mitología.
Dios es la raíz y sustento del ser, su explicación suficiente y sobrada, el Fundamento Óntico de cuanto existe. La brizna de hierba, el elegante alazán, la polícroma mariposa, los ojos de un niño, el arrepentimiento de un convertido, las lágrimas de una víctima dolorida, la entera salvación cósmica, todo tiene en Dios su razón de ser. Es cuanto podemos decir. Pero que nadie pregunte el cómo de esa relación fontal entre la divinidad y el cosmos porque transformará en burda mitología lo que acostumbramos a nombrar metafóricamente “historia de salvación”.
Esta ascesis apofática, que prácticamente sólo es posible desde una especialmente depurada metafísica, es simple respeto del misterio Dios/cosmos, el Uno de los orientales, según parece, el Uno y lo Múltiple de la tradición occidental. Estamos en el punto nuclear, vital, decisivo en el que se genera el nuevo paradigma. Dios no es a nuestra imagen, pero siendo nuestra imagen reflejo de la suya en nuestro espejo lo percibimos a él, al menos cuando en la unión mística el espejo está tan limpio que nada estorba para abismarse en el Creador.
Basta, pues, decir que Dios es el sustrato ontológico de cualquier realidad. Introducirlo, así pues, en el torbellino de causas, cambios, modulaciones del ser y de la historia es pura perversión imaginativa de nuestro conocimiento del Absoluto. Un error en este inicio de percepción de Dios lo distorsiona por entero, a Dios y a su criatura.
Resumiendo, pues. Cuando hablamos de lo que Dios puede hacer siendo omnipotente, el problema no reside en el “puede” sino en el “hacer“. Éste es un concepto que no cabe en el modo en que el nuevo paradigma concibe a Dios. El concepto de Fundamento Óntico es suficiente para entender cualquier evento, entraña el respeto apofático, mientras que el concepto de Causa Agente es innecesario y superfluo. Es además perverso y destructor: sobre él se asienta el montaje “intervencionista” con el que hemos pensado a Dios en la evolución cósmica y en el desarrollo histórico de la humanidad.
II. 7 Apofatismo no es deísmo.
Algún lector se ha quejado de que la expresión Fundamento Óntico sugiere un Dios lejano e indiferente, el Dios del deísmo que una vez fabricado el reloj lo abandona a su suerte. Igualmente se reprocha a tal expresión excesiva frialdad metafísica, carencia de vigor y vitalidad. Nada más equivocado. Es ignorancia entender como excluyente de otros uno de los varios ángulos de visión de una realidad. La función de nuestro concepto filosófico sólo pretende cerrar el camino a antropomorfismos no simbólicos sino ontológicos atribuidos a Dios. Es una función estrictamente negativa, es decir, apofática que descarta falsas o peligrosas ideas de Dios, tal, por ejemplo, la de Causa Agente en apariencia tan inofensiva. Es de la mayor importancia cerrar de entrada el camino que pretenda encerrar al Infinito en definiciones precisas. Incluso en el concepto de Fundamento estamos hablando más de la criatura que del Creador. La necesidad de ésta de encontrar para sí misma algo que no posee como es la ultimidad de principio y de sentido sugiere un Dador pero no lo define. La huella del caminante en el barro lo sugiere, no lo define.
La sobriedad de esta denominación indica que cualquier otro nombre o característica que se atribuya a Dios dentro del crisol de la analogía deberá gozar de dos condiciones: que no entrañe ningún aspecto de imperfección o negatividad y que lo que siendo estrictamente positivo se afirme de Dios análogamente y como “por exceso” (por excelencia”, se decía antes).
Este apofatismo se daba en los místicos como por instinto o, mejor dicho, como impronta del ser trascendente, del Totalmente Otro. Y sobre esa base, no acecha apenas ningún peligro de antropomorfizar a Dios. El místico más que idolizar a Dios tiende a abismarse en el silencio frente al Creador y “perder” la propia identidad. Paradójicamente el corazón prendado de Dios ya nada arriesga al dar rienda suelta a su emotividad poética frente al totalmente Otro. Ejemplo es el Cantar de los Cantares bíblico, la réplica de Juan de la Cruz con el Cantico Espiritual y toda la inagotable poesía mística de todas las culturas. Cualquier buen creyente percibe en algún momento la amorosa, apacible pero penetrante presencia-ausencia de Dios. Pero incluso en este caso lo esencial de esa experiencia mística no es el consuelo sensible; la cercanía real la aporta la fe desnuda por mucho que se inscriba en las sinapsis neuronales.
El simbolismo espiritual es inagotable: El ‘Abbá’ (papaíto), El Amor paterno, la unión entre esposos, “el tibio útero de la Diosa Madre”, la Luz cálida, el Agua viva, el Amigo del alma, la transverberación (Teresa de Ávila), el Océano infinito, el Pan de vida, el Banquete de Bodas, el Artífice cósmico, la Noche callada, el Espíritu consolador, el pálpito de la yugular (Mahoma), la Brisa tenue, la Zarza ardiente…Elenco inacabable de simbología mística. Símbolos todos que apuntan al Infinito Absoluto sin agotarlo, sin encerrarlo ni definirlo.
II. 8 La totalidad del Don de Dios en todo el devenir.
No sería acertado imaginar el misterio del Dios creador que hemos denominado Principio y Fundamento óntico como si Dios hiciera surgir donde y cuando nada existía un cosmos completo y definitivo. Primero porque, al parecer, la característica de algún comienzo temporal no es imprescindible para un concepto desnudo de creación; ésta no sé si desde la ciencia pero ciertamente desde la filosofía, no encierra contradicción por el hecho de afirmarla como eterna y coexistente con Dios. Tampoco Dios como Fundamento es la causa creadora del comienzo del mundo que habría de seguir interviniendo en cada una de las etapas y transformaciones posteriores. No es eso lo que los filósofos o teólogos denominan “creación continua”, al menos en el sentido de que la acción de Dios haya de estar generando, creando “ex novo” la aparición de cada “novum” de ser que surge como si la evolución no fuese un “continuum” sino una sucesión de puntos. La realidad es esencialmente dinámica, no estática. No es preciso pensar en una sucesión de “nova” (en neutro). La hipótesis misma del big-bang habla más bien de un despliegue de realidades contenidas en el núcleo inicial que explosiona: la materia ni se crea ni se destruye sino que se transforma. En el Alfa inicial va incluida la Omega final (prescindo ahora del enigma en dicha evolución constituido por el acto humano libre que quedaría negado, al parecer, por su inclusión en algo diferente y anterior a sí mismo).
La función, pues, de la realidad de Dios como Fundamento acompaña a la realidad creada que por naturaleza no es un ser estático sino evolutivo, en lo físico, en lo psicológico y en lo espiritual. Añadamos un nuevo ángulo de visión. La realidad es en su complejidad dilatada y esencialmente dinámica y nunca conoce un reposo final porque el puro Don divino nunca se extingue ni agota por haber llegado a término.
El Don Total es, así pues, otra expresión del mismo Fundamento óntico con el que intentamos dar razón de la ultimidad de principio y sentido del cosmos. Dios se da, se entrega al cosmos. Con el término Don estamos entendiendo la creación no como resultado de una acción divina sino como una cierta comunicación o participación del ser. El ser de la criatura está tan hondamente enraizado en el ser de Dios que roza la fusión. Siempre será un misterio -salvo en una visión panteísta estricta- que siendo Dios la Plenitud del ser, exista algún ser además de él, jamás IDENTIFICADO con él. Ésta es una expresión del Misterio creador que me parece más correcta que la de contingencia creatural por la que se afirma que las cosas existen pudiendo no haber existido. Porque tal vez han existido siempre, no por propia necesidad sino por intrínseca necesidad (no dependencia) del mismo Dios que es inevitablemente fecunda comunicación. Pero no me detengo en ello. El ser de lo creado es, pues, un ser regalado, dado. Dios se comunica, se da, es puro Don. Y siendo su ser infinito en plenitud, se da como es, en totalidad: ahí está ya incluida, por definición, cualquier mejora o salvación. La limitación no proviene de la cicatería del Infinito sino de la capacidad del receptor que inevitablemente limita el Don de Dios: Dios no es participado en igual grado de ser en la piedra, en el perrito o en el acto bueno salvador del ser humano consciente y libre. En la limitación de cada realidad se refleja parcialmente la infinitud del Don que, en el ser libre sobre todo, irá ampliando su presencia, sin nuevos añadidos, conforme a la capacidad evolutiva de la libre plenificación. De tal modo que si el ser humano consciente y libre está, según pienso, positivamente abierto y sediento de Plenitud el Don inicial responderá sin restricción a su llamada. Es pura mitología recurrir un mundo “sobrenatural” añadido al natural originariamente creado.
Es ininteligible, pues, que el Don de Dios se entregue fraccionado o en veces. O que después de crear Dios el universo haya de añadir un plus de ser en cada etapa de la evolución sea física, anímica o espiritual (un plus, por ejemplo, de salvación). Todo está dado y el Don constituye a la criatura en lo que es y en lo que, mediante la libertad, va a devenir. Hace que la criatura sea lo que es, constituida en su ser autónomo evolutivo y perfectible. Es decir que estando enraizada en el Fundamento es éste el que da consistencia a su autonomía de modo que no es pensable una intervención posterior que la modifique, la corrija o la complete.
El pensamiento primitivo -y el actual lo sigue siendo si no supera el pensamiento mágico- entendía la dependencia de Dios de tal modo que necesitaba su continua intervención para existir y para cualquier nueva modalidad de existencia. Dios movía cada astro (él o su ángel), Dios mandataba al príncipe de modo que su autoridad provenía de la elección divina (”por la gracia de Dios”). Por disposición divina existían clases sociales, ricos y pobres, libres y esclavos. No cabía ningún pensamiento autónomo, la filosofía era ‘ancilla theologiae’ Tal era la cosmovisión imperante por muy absurdo que hoy parezca. La mente humana era tan limitada que era incapaz de rebasar un cierto linde o barrera en el conocimiento o en la “salvación” espiritual. Barrera artificialmente introducida mediante el concepto de “elección” -o intervención divina no debida a la naturaleza humana- que desde ese momento servía de parteaguas entre el mundo de lo natural y el supuestamente constituído “sobrenatural” en virtud de una elección graciosa. De la elección arranca, pues, toda la serie de continuas intervenciones divinas en la historia santa: concepción inmaculada, concepción virginal, revelaciones, hierofanías, apariciones, milagros, vocaciones especiales, predestinaciones, intervenciones providenciales, “gracia santificante”, “gracias actuales”, gracias y carácter sacramentales, carismas especiales, poder de transustanciar, inspiración de la Biblia, especial asistencia del Espíritu a la jerarquía, oraciones de petición atendidas o no según los designios divinos, etc. Dios como Don se iba destilando como gota a gota, de modo fraccionado en la construcción del ‘pueblo elegido’ y su historia de salvación, fuera de cuyo ámbito por dogma definido no existía durante siglos ninguna otra perspectiva de salvación (o, al menos, no había sido revelada por Dios). Pero no hay mal que por bien no venga (aforismo providencialista): en aras de la salvación universal millones de misioneros y guerreros arrasaron pujantes culturas imponiendo su religión bajo anatema. Por fortuna, esta épica epopeya estaba bastante ‘descafeinada’ cuando me dio alcance suscitando mi vocación particular. Lo que no impidió que Pablo VI nos amenazara severamente…”quien, puesta la mano en el arado, vuelve la vista atrás…” Yo volví la vista atrás y me quedé sin trabajo y sin profesión ¡Quién hubiera dispuesto entonces del nuevo paradigma!
II. 9 Secularidad versus sacralidad
Tal es la cosmovisión artificial a la que se enfrentó el pensamiento ilustrado. Y en su rechazo se empeñaron los enciclopedistas de la Ilustración dando origen a una revolución que generó un segundo tiempo axial tan profundo y decisivo por lo menos como el de la revolución del neolítico. Si se pudiera destilar la esencia de la modernidad se resumiría en una palabra, AUTONOMÍA: Autonomía de lo secular y superación de toda sacralidad, salvo la del mismo Dios. La sociedad, la mente humana, la cultura, en general, acceden a la edad adulta y se emancipan de la omnímoda tutela de la religión. El mismo Vaticano II, después de las sucesivas condenas de las libertades modernas por los papas de hace un siglo reconoció no sin arduas resistencias y consagró la autonomía de la realidad del mundo pero el sector más conservador la entendió, como siempre, supeditada tal secularidad a lo religioso institucional. De ahí la crucial dificultad y los enconados debates que rodearon el reconocimiento conciliar de la libertad religiosa. Nada tiene, por tanto, de extraño que sea éste uno de los puntos de la involución integrista de los últimos decenios. Nada de extraño que el actual pontífice -que nunca ha entrado en la profundidad del problema- enarbole el fantasma de la secularización confundiendo pérdida de valores religiosos y morales y autonomía congénita de las realidades temporales.
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(Pero en este tema de la relación Dios/cosmos la secularidad (desacralización) del mundo es un elemento sustancial e imprescindible a la hora de articular la aparente paradoja de la autonomía de todas las realidades con la tierna e íntima cercanía de Dios con todas ellas cuanto más perfectas son. Con ello abriremos la próxima entrega. Y siempre en la misma línea de que Dios se entrega por entero, se revela, se “hace carne” en lo que llamamos “creación” tendremos el camino expedito para entender desde una mente y corazón abiertos cómo 1) Dios se hace carne en el hermano, cómo 2) Dios se hace carne especialmente en Jesús y en todos los hombres y mujeres santos unidos a él y cómo 3) toda carne debe resucitar si no nos resignamos a que el mal, y la muerte en especial, tengan la última palabra y esta creación salida del corazón de Dios vuelva a la nada y sea un proyecto absurdo).
Logroño 28 marzo 08


5 Abril 2008 a las 16:17
Me pillaste en “¿quieres decir que pudo Dios no haber querido que existan las cosas?” Yo no quiero decir semejante disparate! Y no veo por qué tú veas que lo quiero decir, sacando las consecuencias que sacas.
Nunca la nada, igual que el pecado, puede ser querida como tal. Objetivar la nada es más absurdo que mitificarla o poetizarla. Creo, sinceramente, que no leíste mis seis puntos sino lo que “creías” que podían decir. Espero que tus jamones sean más apetitosos que tus pilladas.
3 Abril 2008 a las 19:43
te decía Joxema que…”eso sí que es antropomorfismo” Una cosa es buscar un sentido a lo creado (¡que es algo!) y otra, bastante rara, es buscar un sentido a lo no creado, a la nada.
¿Te parece más inteligible un AMOR que no sea comunicación?
Si me permites te diré una maldad: a veces me pareces que te recras en el discurso dialéctico por él mismo. No descarto, sin embargo, que sea una cierta forma amable ce provocar el pensamiento.
Te tengo reservado un jamón de muerte! Un abrazo a Teresita.
Juan Luis
3 Abril 2008 a las 19:31
Sin duda, Joxema, que cualquier concepto sobre Dios, también Fundamento óntico, es inadecuado. Pero insisto ‘fundamento óntico’ no dice nada ‘inmediatamente’ de Dios. Sólo afirma de la creatura que su origen y sentido no le vienen de sí misma. Dices que sería mejor decir que “todo lo que existe, existe porque Dios quiere que exista” ¡Te pillé, mi viejo! Eso sí que es romper el apofatismo,m ¿quieres decir que pudo Dios no haber querido que existan las cosas? Eso sí q
3 Abril 2008 a las 19:20
Querido Juan (Masià),
llevo días de retraso…pero me temo que no es fácil abordar el contenido de tu comentario. Adsí que s´lo algún apunte:
- me apasiona Oriente, me gustaría conocerlo más, los que llegáis de allá aportáis un “algo” muy especial. Aunque casa difícilmente con nuestra cultura sospecho que habría una buena complemetaridad.
-El panteísmo me choca por razones intelectuales (tal vez las menos válidas de todas). Hasta ahora el panteísmo me parece sacrificar un extremo en la dialéctica de lo Uno y lo Múltiple. Percibo que la máxima unión tal vez s´lo se pueda ‘expresar’ como en los místicos por formulaciones más de identidad que de unión. No dudo que ‘perderse en el Absoluto’ es posiblemente la única forma de ‘ganarse’. Me siento más cercano intelectualmente de un pan-en-teismo…en el que la conciencia individual se Plenifica sin desaparecer como tal conciencia de sí unido al Otro.
-¿Por qué la tentación dualista ha de ser peor que la monista? ¿Por qué no buscar la dialéctica que respete los extremos?
-No debe ser imposible que Occidente no descubra, respete y ame lo Oriental? ¿Y a la recíproca? Aparte la razón ‘instrumental’ a la que no parece que Oriente haya hecho ascos ¿qué otros aspectos de verdad puede reconocer Oriente en Occidente?
- Lo que acabo de escribir no es un inicio (imposible aquí, si no me equivoco) de debate. Es sólo un desahogo ‘cabreado’ porque me interesa el tema sobremanera y sigue siendo para mí una asignatura pendiente…¿Hasta cuándo? ¿No tiene remedio Occidente? ¿No es una forma de ‘desprecio’ ante nuestra ‘prepotencia’? Si tienes un consejo, querido Juan, me vendrá de perlas…!!!
Si sigues empapándote de esa cultura alcanzarás el medio de ponerla a nuestro alcance. Gracias por todo. Y un abrazo. Juan Luis
30 Marzo 2008 a las 8:57
Incluso quienes asumen el relativizar todos los antropomorfismos simbólicos no acaban de superar las rresistencias a abandonar los antropomorfismos ontológicos o metafísicos, porque pesa demasiado el miedo al panteísmo y el miedo a renunciar a una visión teísta de la realidad.Ahí es donde el reto del encuentro con lo oriental nos tiene preparadas serias incógnitas y cuestionamientos que nos harán ver que no nos habíamos desnudado o despojado por completo del lastre mágico y, lo reconozcamos o no de la tentación dualista…
29 Marzo 2008 a las 23:45
De una pequeña parte del escrito, entresaco: “Noción y principio del ser creado”.
Entiendo Juan Luís,
que El Pensamiento de DIOS es eterno.
Y que está en desarrollo o cambio contínuo, como realidad y expresión de vida.
DIOS no creo que “cree” en el tiempo; en el tiempo estamos los seres con materia orgánica. O el mismo cosmos, que es materia en todas sus formas, dimensiones y estados.
Sobre todo DIOS tiene su Pensamiento en ello, pués hay un Orden “de relojería perfecto” . Los seres humanos evolucionamos hacia este DIOS del que espiritualmente procedemos, por la capacidad de amar y de pensar; LAS DOS PROPIEDADES DIVINAS POR EXCELENCIA. (Aunque físicamente procedamos igualmente de Él, por ser tierra de nuestro planeta o polvo de las estrellas.
DIOS como ESPIRITU que es por excelencia, se conecta con el pensamiento humano; “Intuición”. Y como creador, en su pensamiento de los distintos estadios de la materia -le da con la forma y elementos.. las leyes que conllevan asimismo, orden en la evolución-
Todos cambiamos; vamos cambiando.
EVOLUCIONAR es crecer: Para entender más y mejor; saber y asimilar para bien; afinar mejor y más en el AMOR;
y sentir y vivir LA COMPASIÓN y LA MISERICORDIA para todo ser infeliz, desde la generosidad.
TODO ESTO ES CRECER. Y todo ello nos proviene del Pensamiento de DIOS. Que es La Fuerza Inteligente real, poderosísima que rige la vida del universo, en las distintas maneras y formas que la debe haber habido.
Ahora estamos en la generación del HOMBRE; que con el ansia de su espíritu por alcanzar su verdadero destino, va transformando también la materia ESTRICTAMENTE FÍSICA que lo forma, hacia capacidades para vivir cambios profundos, y radicales en su “CONCIENCIA” y de su CONDUCTA para con los seres vivos, empezando por el propio DIOS de quien procede y a quien “intuye” .
Entiendo que es un proceso que va transformando al ser humano; aunque muchos individuos quedan desprendidos de él; pero que la vida comporta “regeneración” . Y (dando sentidoi a todos) si fuéramos a parar al “seol”
(-o infierno-) seguramente nos tranformaríamos en energía. “Petróleo para quemar y demás”.
En un continuo devenir de vida, potencial de inteligencia, comprensión y toma de autoconciencia.. para ayudarnos a “evolucionar” desde el momento “especial” en que realmente empezamos a amar y entender a DIOS y sus LEYES eternas y cambiantes. (Y nos sabemos ver a nosotros dentro del proceso asumiendo nuestro destino como seres humanos)
Con todo afecto. (La Teóloga del mocho)
Fina Blàzquez
29 Marzo 2008 a las 21:56
Mi comentario es hexalógico: consta de 6 puntos.
1.- El conocimiento de Dios empieza siendo mitológico, se depura filosóficamente y se desarrolla religiosamente en dos vertientes, una antropomórfica y otra poética. La poética depura el antropomorfismo del virus mágico. Porque magia es pretender condicionar a Dios y poesía es adoración del misterio.
2.- Tiempo de la creación. El tiempo (y el espacio) es condición existencial de lo creado, de forma que no hay ni “antes” ni “después” de la creación. Siempre que utilicemos los adverbios temporales para entender la relación entre el Creador y la Criatura desbarramos y es mejor callar apofáticamente que equivale a hablar poéticamente.
Nosotros nada podemos concebir fuera del tiempo y del espacio y consecuentemente nada podemos saber ni concebir adecuadamente de Dios. Cuando Jesús llama a Dios Padre, anula la vivencia intelectual y afirma la volitiva del amor que no se cuestiona.
3.- Fundar y actuar son dos conceptos temporales aplicables a la vida creada. Decir que Dios es Fundamento o Agente es tan verdadero como falso, en uno y en otro caso. Por eso Juan Luis, cuando defiende el fundamento óntico lo hace con términos temporales, o sea, inadecuados para referirse a Dios. Bastaría decir que todo lo que existe, existe porque Dios quiere que exista. Dios quiere que exista el pecado? No; Dios quiere que exista la libertad humana y en la vida el pecado es una realidad negativa que no puede ser querida. Cuando nosotros la queremos, la queremos engañándonos y haciéndola aparecer como positiva.
4.- Apofátismo místico y poético. Como no podemos callar sino que necesitamos imaginar, conceptualizar y expresar nuestras experiencias, frente a Dios, en la oración, la imposibilidad de expresarnos nos lleva a la adoración de la que los poetas dan una versión más “aceptable” que los místicos.
5.- Oferta y aceptación. La vida, por parte de Dios es una oferta a la libertad humana y, por nuestra parte es una aceptación (el rechazo, el pecado, es la muerte). El aceptar o rechazar es algo que nosotros hacemos a lo largo de nuestra existencia temporal semiconscientemente. Lo cual conlleva la esperanza más brillante de que seremos perdonados “porque no sabemos lo que hacemos”. Realidad que nos permite tratar a todos los hombres como hermanos y como iguales, sin acepción alguna de personas.
6.- Profano, sagrado y santo. La diferencia entre profano y sagrado es un invento religioso que bien llevado puede ayudar, pero llevado como lo llevamos sirve más de confusión que de esclarecimiento. Lo real es la santidad, esa cualidad divina a la que estamos llamados y ante la cual todos los demás bienes palidecen y desaparecen.
Entiendo que estas ideas son tan discutibles como las de Juan Luis y, precisamente, para eso las suscribo.